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paciencia... Hay que estarse muy quietito...

Ya diré... Usted no tiene ningún apuro, ninguna necesidad... ¡Bueno!... Hay que esperar...

Éste es un país de esperar sin asustarse.

—Pero, quizá si yo pudiera liquidar en condiciones pasables...

—«Deque» estar... «Pueda ser» que parezca menos rico, pero será relativamente tan rico y más... Cuando el nivel baja, baja para todos; y si no baja demasiado, el que está más arriba queda más arriba... y viene á ser lo mismo.

—¡Don Estanislao! ¡no se equivoque! El ministro de Hacienda va á sofocar la plaza con una avalancha de oro, con cien millones que el Gobierno tiene en caja...

—Y la Bolsa hará como el papel secante...

¿Qué es un peso, cuando se deben cinco?

—Se hace esperar.

—¡Eh! Sí. Cuando uno se queda con cincuenta centavos para comer... Pero aquí no nos quedamos con nada...

—Usted cree entonces que la revolución...

—¡Pshit! Irma se precipitaba, más que acercaba, hacia mí, para increparme:

—La muchacha está triste, ¿qué tiene?

—Yo no sé, señora...

—¡Debe saber! parece enferma, afligida...

—¿Eulalia?... ¡Bah! Monadas de muchacha mimosa.

—No. Está pálida y ojerosa, está intranquila...

—¿Le ha dicho algo?

—No.

—¿Y entonces? Me levanté, tomé el sombrero, y encarándome con don Estanislao.

—Hablaremos otra vez—dije.—Hay mucho paño que cortar.