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demostrar que los argentinos debíamos ser proteccionistas á todo trance, porque la industria es la base de la riqueza, pero, ¿cómo tener industria si las cosas nos vienen hechas del extranjero y los productos nacionales no pueden competir ni en calidad ni en precio? Ahorro lo demás al lector, aunque con aquel discurso creyera, entonces, que la crematística no tenía ya secretos para mí, opinión en que me confirmaron varios amigos á quienes leí mis borradores, llenos de frases rotundas y deslumbradoras.

—¡Eres el orador más brillante del país!

—¡Todo un poeta! ¡Ni el mismo Guido te iguala en la euritmia de las frases!

—Sí, pero, ¿y el fondo? ¿qué me dicen ustedes del fondo?

—De eso yo no puedo hablar, pero... me parece que está muy bien.

—¡Ni Rivadavia, hermano, «créme»! Llegó el momento de dar á luz aquella pieza histórica. Tratábase de conceder entrada libre, sin derechos de aduana, á la maquinaria y el alambre para una fábrica de clavos, así como la excepción de todo impuesto nacional y municipal, y la concesión de pasajes subsidiarios (gratuitos) á los obreros que debían venir de Europa á poner en movimiento aquella «nueva industria argentina». Mis razones eran elocuentes...

Se me escuchó con agrado; algunos pasajes produjeron efecto, hasta en la barra, que ya comenzaba á ser decididamente opositora.

El proyecto pasó como era lógico. Varios colegas me felicitaron. Pero en antesalas sorprendí cuchicheos, en los que no desdeñaban tomar parte algunos correligionarios de espíritu inquieto y burlón. Y por todas partes me parecía oir como un estribillo, como un zumbido persistente y cargoso:

—¿Qué ha dicho?