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XIII

En cambio, mi candidatura había hecho pésimo efecto en los diarios de oposición, que me llenaban de improperios, lo mismo que á los otros candidatos situacionistas. La prensa bonaerense nos zurraba también, incitada por sus corresponsales, eco molesto del periodismo local. El diario católico de la ciudad, entretanto, me perdonaba á mí sólo, atacando con singular violencia á mis futuros colegas que, al fin y al cabo, no valían ni mucho menos ni mucho más que yo, en cuanto á preparación, dotes intelectuales y morales y principios políticos.

Como Correa, cuyas inútiles veleidades de dejarme plantado se desvanecieron una vez conocida la voluntad presidencial, me sonreía como al elegido de su corazón, y hacía cuanto estaba en su mano para ayudarme, los ataques recrudecieron, diciendo los diarios que él era el más empeñado en mi triunfo y que yo debía considerarme «su hijo... político», agregando que ésta era la mayor vejación que se hubiese hecho sufrir á la provincia. Aunque esto pudiera no haberme importado, pues tenía segura mi «banca» en el Congreso, no me avine á dejar pasar sin castigo todas estas impertinencias y empuñando mi mejor tajada pluma, y mojándola en bilis y veneno, inicié aquellas célebres «Semblanzas contemporáneas» cuya serie forma una galería de retratos satíricos de los prohombres de la oposición de mi provincia.

Allí salían á bailar todas sus ridiculeces, sus defectos morales y físicos, y hasta los detalles más ó menos pintorescos y escabrosos de su vida privada. Tuve para esto dos colaboradores eximios en don Claudio Zapata y misia Gertrudis,