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tratando de apoyarlos en consideraciones puramente teóricas. Afirmaba que el que un solo hombre traicionase a todos era reprochable; pero que el que todos entregasen a la justicia a uno solo significaba el triunfo del principio de la mayoría.

—Quizás tengas razón, mas... con todo, no has hecho bien. ¡Pero no te apures! Todo eso son tonterías, y mañana te reconciliarás con ése... ¿cómo se llama?

¡Para el padre también era aquello una bagatela!

¿Cómo no se hacían cargo de que no lo era, de que él padecía en extremo, de que estaba dispuesto a suicidarse, tanta era su malaventura? Pero no se sometería. Les probaría a todos que se engañaban. ¡Tenía de su parte a toda la clase!

Chariguin se metió en la cama, meditando los argumentos con que podría justificar su conducta y que aduciría al día siguiente. Sin embargo, algo le atormentaba. Había obrado como un hombre honrado, y, no obstante, no experimentaba satisfacción alguna. Además, razonaban de una manera tan extraña su padre y... aquella mujer.

De pronto recordó los elogios que le había dirigido el director, y una sensación de calor recorrió su cuerpo. Sentía tal vergüenza, que se puso como la grana y se apresuró a taparse el rostro con la sábana, como si alguien pudiera verle en la estancia obscura y desierta.

Pasaron tres días.