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DE MADRID A NAPOLES

por las pavesas que arroja el cráter, las cuales suben á cierta elevación y vuelven á caer sobre la montaña.

La mayor parte de esta ceniza se acumuló el mismo dia que desapareció Pompeya.

No bien ascendemos algo por el cono, empezamos á sentir calor bajo nuestros pies, reciamente calzados, y, cuando nos es furzoso poner la mano sobre la ceniza para no caer, tenemos que retirarla al punto...

Más adelante, notamos que de los hoyos que abrimos con los bastones cada vez que los clavamos para descansar, sale un humo negro y pestilante...

Entre tanto, la lluvia de ceniza arrecia sobre nosotros... — ¡Nos acercamos á la cima!

El Monte empieza á estremecerse, con un ligero temblor semejante al de un buque de hélice en una mar serena.

Un trueno sordo, continuo, profundo , resuena ya debajo de nosotros.... — Ora crece.... ora se debilita; pero siempre ruje.... siempre hierve....

El olor á azufre, á gas, á brea, á infierno.... es cada vez mayor...

La ceniza grieteada, incandescente, deja escapar un leve humo casi blanco, que, apenas se ha levantado algunos pies en la atmósfera, vuelve á bajar y á meterse en la misma grieta de donde salió, atraído por una aspiración subterránea...

Estos vapores fugitivos, fáJ,uos, traviesos, me parecen espíritus irónicos, duendes, diablillos, que salen del Averno á recibirnos, á vernos llegar, á engañarnos, y que se vuelven á su antro, á decirle á su Rey que ya estamos aqui, ó creyendo, en su malicia, que trataremos de pillarlos y nos precipitaremos tras ellos en el abismo.

Un paso más... Un último esfuerzo...

¡Hemos llegado!— ¡Estamos en la cumbre del Volcan!

Séanos permitido un arranque de soberbia...- — ¡Hollamos la cúspide de la Pirámide de fuego!... ¡Pisamos la frente del Verdugo de Pompeya!

El humo nos envuelve en el primer momento...

Luego se desvanece la nube, y nos permite durante algunos minutos ver lo que nos rodea...

En redor nuestro se dilata una escabrosa planicie redonda, de unos cien metros de diámetro, cubierta de ceniza oscura y de escorias y rebabas.

Las escabrosidades de esta meseta son unas masas de espuma de betunes hirvientes, cuyo feísimo aspecto, porosidad esponjosa y estremecimientos continuos causan horror y miedo...

A pocos pasos de nosotros levántanse ligeramente los bordes del Cráter..., al cual vamos á asomarnos...

El terreno que pisamos parece hueco: debajo de nuestros pies tiembla y brama el incansable mónstruo...