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DE MADRID A NAPOLES.

que bebe sangre? ¿Tiene muchas queridas? ¿Es cierto que no duerme nunca?...»—y no sé cuántas cosas más.

—¿Y qué les contestaba usted? —preguntamos nosotros al gondolero.

—¡Ah! ¡yo conocia á lord Byron tanto como á mi góndola! Hasta me atrevo á decir que era su amigo.—El tenia dos góndolas propias; pero, sin embargo, recurria muchas veces á las nuestras; y, en este Caso, si yo me encontraba donde él pudiera verme, preferia siempre la mia á las de todos mis compañeros. ¡Oh! ¡cuántas veces lo llevé del Palacio Mocénigo al puerto de Fusina! ¡Cuántas lo traje al Lido! ¡Cuántas lo paseé de noche por los canales! —Esto era en 1819.—El noble Lord vivia ordinariamente en La Mira (que asi se llama la villa que hemos dicho) con su querida, la condesa Guiccioli, una de las mujeres más hermosas que entonces ha= bia en Italia. Pero cuando venia á habitar el palacio Mocénigo, hacia trasladar dos de sus caballos á esta misma cabaña. Por las tardes salia de su casa en góndola, cruzaba la laguna y desembarcaba aquí, donde lo aguardaba un criado con los caballos dispuestos. El gran poeta montaba en uno. y salia á escape por esas playas, recorriendo el Lido en todas direcciones, sin dar respiro alguno al animal. Cuando el primer caballo no podia ya correr, tomaba el segundo y lo fatigaba del mismo modo en un violento é incesante galope. En seguida se embozaba en su capa, entraba en su góndola y volvia 4 Venecia.—Alli frecuentaba dos tertulias: la de Mad. Albrizzi y la de la condesa Benzoni, y en ambas era mirado como una divinidad, —¡Verdaderamente, yo no he conocido hombre más hermoso que lord Byron!—Despues de la tertulia, recorria en góndola los más intrincados canales, hasta las altas horas de la noche; y, cuando ya dormia toda Venecia, hacíase conducir al muelle de la Piazzeta, si era noche de luna,. y allí desembarcaba, penetrando solu en la Plaza de San Márcos, donde permanecia largo tiempo paseándose.—Era la única hora del dia en que marchaba á pié.—Ustedes sabrán que era cojo, y que nada le humillaba tanto como que echasen de ver que tenia esta imperfeccion.—En la época á que me refiero habia conseguido á fuerza de estudio y de voluntad disimular de tal modo su cojera, que cuando entraba en un salon, sólo se: notaba que andaba muy despacio y que balanceaba el cuerpo con cierta languidez que podia atribuirse á coquetería.—Otra de las excursiones fa= voritas de lord Byron era á la isla de San Lázaro de los Armenios (en la qué tocaremos, si ustedes quieren, al volver á Venecia). Allí hay un Convento de frailes armenios, sumamente sabios, entre los Cuales halló muy buenos amigos el poeta inglés. Esta espedicion solia hacerla completa= mente solo, manejando él mi.mo el remo de la góndola, y eligiendo para ello las ocasiones en que había tempestad en la laguna. ¡Sí vierais cuántas veces se le dió por muerto en Venecia! —Pero Byron era tan consumado nadador como infatigable ginete, y aunque las olas devorasen su nave, como sucedió más de una vez, no por eso dejó él de llegar á tierra sano y salvo.—¡Oh! ¡indudablemente habia en aquel hombre algo de sobre— natural!...