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que no seas dormilona, despiértate y levántate a la media noche y llámalo a tu corazón; entonces te oirá, entonces habrá misericordia contigo, entonces te dará lo que te conviene y aquello que sea digno de ti.

Hecho esto comienza luego a hacer lo que es de tu oficio de mujer; hacer cacao, o a moler el maíz, o a hilar; mira que aprendas muy bien cómo se hace la comida y bebida, para que seas bien hecha. Porque las tres piedras que son el cimiento de la casa, que es el lugar donde está el fuego del hogar, son responsabilidad de la mujer.

Mira que seas en esto muy avisada y muy diligente; mira que no dejes de saber esto por negligencia o por pereza, porque ahora que eres doncella tienes buen tiempo para entender esto, porque tu corazón está simple y hábil es como una piedra preciosa de jade, y tiene habilidad porque aún no está mancillado de algún pecado: está puro y simple y limpio, sin mezcla de alguna mala afección, y también porque aún vivimos los que te engendramos, porque tú no te hiciste a ti, ni te formaste, tu madre y yo tuvimos este cuidado y te hicimos, porque esta es la costumbre del mundo, no es invención de alguno, es orientación del Señor nuestro dios que haya generación por vía de hombre y de mujer, para hacer multiplicación y generación.

Y entre tanto que somos y vivimos, y en nuestra presencia y antes que muramos, antes que nos llame nuestro Señor, convéncete mucho, hija mía muy amada, mi paloma, mi primogénita, que entiendas estas cosas dichas y las sepas muy bien, para que después de nuestra muerte puedas vivir honrada y entre personas honradas.

Mira, hija mía, que notes muy bien lo que ahora te quiero decir; mira que no deshonres a tus padres, ni siembres estiércol y polvo encima de tus pinturas, que significan las buenas obras y fama de tus antepasados, los viejos y sabios abuelos: mira que no los difames. Mira que no te des al deleite carnal; mira que no te arrojes sobre el estiércol y hediondez de la lujuria; y si has de venir a esto, más valdría que te murieras luego.

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