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La primera energía es “la luminosa” y viene en principio del sol, por ello le llaman "nuestro padre" o " El Supremo Señor de los que vuelven". Esta energía arriba a la tierra en su estado más puro: como Luz. A partir de su llegada empieza un interminable camino ascendente de "reciclajes", en los que cada vez se va condensando. De modo que todo cuanto existe en la tierra, algún día fue luz; y si a una piedra, un árbol o al mismo hombre, lo reducimos a su expresión más pequeña, esta será la energía. Esta energía es la generadora de la Vida y por ello, los Viejos Abuelos la representaron como la "Divinidad del Agua", por su poder creador, pero ni es dios, ni se adora al agua.

La segunda energía es la Espiritual y es un misterio insondable su origen. Sin embargo esta energía es aún más pura que la luz. En una primera instancia es concedida a los seres vivos, con el misterio de la vida; pero después, todos los seres vivos pueden y deben acrecentar esa primera chispa de energía espiritual, ese soplo de conciencia divino.

Este "soplo divino", que le imprime vida espiritual a la energía luminosa, resulta indispensable para la marcha del universo y aunque existe en todos los seres vivos, en el ser humano encuentra su mayor potencializador. Los Viejos Abuelos representaron esta energía, como la "Divinidad del Viento". Esta energía espiritual puede ser acrecentada a través de la sabiduría, por lo que otra de las representaciones de la energía espiritual, es La Serpiente Emplumada, símbolo por excelencia del conocimiento y sabiduría de los Viejos Abuelos.

De esta manera, la sabiduría que está agazapada en la religión de nuestros sabios antepasados; desde los más remotos orígenes, tiene siempre presente a "La Divinidad del Agua" y en especial a la "Serpiente Emplumada", como la expresión más exaltada del anhelo humano; en el cual su espíritu, escapando a las tinieblas de la materia y su inexorable corrupción; reencuentra a través de la sabiduría y el sacrificio espiritual, su origen luminoso.

Querido joven, esperanza de nuestro pueblo —dijo el sumo sacerdote, después de guardar unos minutos de silencio— debes de

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