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las arrojó a la muchedumbre que rodeaba al tronco. Era un símbolo de buena suerte; alcanzar un pedazo del amaranto que caía, al comerlo, se simbolizaba que se participaba del "fruto" del sacrificio espiritual. Esa noche Venado de la Aurora fue tratado como un héroe.

Al término de esta ceremonia, empezaban a tocar los inmensos tambores de la danza ritual. Las muchachas y los muchachos, los adultos, los ancianos y los niños tenían un lugar en la gran plaza. Como todos habían ido en su educación a La Casa del Canto y como todos cada año lo hacían, la danza cobraba vitalidad y energía a cada momento. Los ritmos de la danza eran marcados por sus majestuosos y sonoros tambores, se escuchaban sonar insistentemente los caracoles marinos.

La danza era mágica; cada danzante perdía su individualidad en la medida en que se concentraba en el sonido y en los pasos.

Era algo extraño, pero que a todos les sucedía. El ritmo de los tambores lograba una sincronía perfecta con el cuerpo; y los dos con la Tierra y todos juntos con el cielo. Pasaba el tiempo y la gente no se cansaba, por el contrario, parecía que entre más se danzaba, más energía se recibía. Era entonces el pueblo un sólo cuerpo, un sólo ritmo, un sólo paso, un sólo espíritu en comunión.

Cierto día Espejo Humeante les habló así a los jóvenes:

Los Viejos Abuelos nos han dejado sus sabias palabras, para poder vivir mejor. No hay nada nuevo en el mundo, todo se repite.

Por ello, ahora quiero declamarles un antiguo poema que yo aquí, cuando fui joven como ustedes aprendí:

"¡Águilas y jaguares!
Uno por uno iremos pereciendo,
ninguno quedará
meditarlo, ¡oh! príncipes
aunque sea jade,

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