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Era la entrada a la tierra de los muertos.

Con mucho esfuerzo, los sacerdotes movieron la loza y apareció la entrada a la caverna. Águila Nocturna recibió una antorcha y siguiendo las instrucciones, de caminar en esos laberintos, hasta encontrar la muerte, se internó hacia lo profundo de la gruta.

Escuchó el ruido de la piedra al cerrar la entrada. El aire estaba viciado, un calor húmedo se mezclaba con el olor putrefacto de cadáveres en estado de descomposición.

El eco del sonido de la losa provocó una reacción muy extraña en el cuerpo del guerrero. Un sentimiento se apoderó de su cuerpo, un cuasi recuerdo empezó a vibrar en todo su organismo. Tiró la antorcha al suelo y empezó a caminar como por instinto, sin necesidad de luz.

Caminó por horas, entre los laberintos de la inmensa gruta. Como sí su cuerpo caminara por un lugar muy conocido, Águila Nocturna se dejó ir. La temperatura de su cuerpo empezó a subir y había desconectado totalmente su mente. Avanzaba como poseído por una energía que lo atraía como piedra de imán, a las profundidades de la caverna.

Cuando sentía que su cuerpo se iba a desmayar, entró a una inmensa sala. Aunque estaba totalmente oscuro, Águila Nocturna percibía el entorno con su cuerpo. La espaciosa sala y el techo tan alto, hacían sentir a Águila Nocturna su pequeñez e insignificancia.

En el centro de la sala se encontraba una piedra rectangular labrada en sus cuatro caras. El guerrero se acercó e instintivamente se acostó en la piedra. Sentía que se acababa su energía y con ella su vida.

Una especie de sonido muy extraño empezó a salir de todo su cuerpo. Como el canto de un grillo, intermitente, cambiaba de

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