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nada, para poder serlo todo. Estar y no estar, ser invisible e impalpable, disolverse en la nada.

Águila Nocturna ya no buscaba nada en este mundo, no tenía nada a que aferrarse, había cumplido con su destino y era libre. La muerte de esta manera, era el inicio de un nuevo ciclo y su decisión personal.

Ni los sacerdotes, ni los dirigentes, ni los administradores de su pueblo, le habían dado una respuesta satisfactoria al qué hacer en la vida. No le interesaba ya nada de este mundo y la muerte se presentaba atractiva. Un nuevo y aterrador desafío.

El Venerable Maestro de La Casa de la Medida, ordenó que una comitiva llevara a Águila Nocturna a Mictlán, la Tierra del Lugar de los Muertos. Mictlán estaba en un valle hacia el Oriente. Ahí iban a morir todas aquellas personas que por su edad, enfermedad o desolación deseaban quitarse la vida.

La Tierra del Lugar de los Muertos, estaba constituida por cinco espléndidos conjuntos arquitectónicos, que en el inicio de los tiempos, Los Viejos Abuelos habían construido en torno a una profunda caverna, que era la entrada al señorío del Señor y la Señora de la Muerte.

Águila Nocturna caminó hacia el lugar, despidiéndose de este maravilloso mundo. El cielo, la luz, las montañas y la tierra eran apreciadas con pasión e intensidad. El guerrero sabía que esa era la última vez que estaría en este astro y con toda la lujuria callada que podía desarrollar, se iba despidiendo de todo cuanto veía, olía, escuchaba y sentía.

Por la tarde, la comitiva llego a La Ciudad de los Muertos, y Águila Nocturna fue conducido, por cuatro sacerdotes vestidos con ropas negras y pintado su cuerpo de color rojo y negro, a una habitación.

Por la noche llegó el Sumo Sacerdote y le preguntó la razón para emprender el camino al lugar de los muertos. Águila Nocturna le dijo

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