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la parte central de la cruz. La entrada se hacía por debajo y la salida del enterrado, tenía que hacerse por el centro.

Cuando se terminó de quitar la última piedra del túnel superior, la luz penetró totalmente, iluminando la cruz; que debido a las paredes recubiertas de láminas de oro, multiplicaban los rayos de luz y daban un efecto luminoso muy especial, pues parecía que manaba luz de la cruz subterránea y de ella el Guerrero, ahora limpio y claro, sereno y reposado.

Por la tarde habló Águila Nocturna con el Respetable Maestro de La Casa de la Medida y le confirmó su decisión.

Águila Nocturna había decidido quitarse la vida.

En lo más alto de un cerro, Águila Nocturna veía hundirse al Señor de los Dardos de Fuego, en las montañas distantes. A sus pies estaba ese hermoso Valle de Etla, con sus tierras labradas y en las casas de los campesinos, el fuego de los hogares, dejaba salir al cielo, tiras de humo azul por donde pasaban volando las garzas y los zanates, en busca de su nido para descansar.

El pueblo se preparaba para recibir la noche. Águila Nocturna se preparaba para recibir a la muerte. El guerrero había cortado las pocas ligas que tenía con este mundo. Su decisión nacía de lo más profundo de su ser.

Habían pasado muchos años desde que un día salió de este pueblo en busca del conocimiento. Sus sienes ya pintaban canas y en su cuerpo, ya asomaban los años vividos en busca de su identidad.

El guerrero había sido impecable en su tarea, había logrado borrarse de este mundo, sin dejar huella. Nadie lo reconocía, nadie sabía de él, había logrado disolver su importancia personal en la oscuridad de la noche. Había logrado romper las murallas del yo y traspasar las fronteras de lo innombrable. El desafío de llegar a ser

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