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Una noche que estaba tirado en su petate esperando la muerte, empezó a escuchar un zumbido parecido al de un abejorro. Después vio en la oscuridad total de la pequeña habitación, un puntito de luz. Pensó que era producto de la debilidad. El punto empezó a crecer. La luz que proyectaba era blanca con un ligero tono azul. La luz creció del tamaño de un aguacate y después se convirtió en una cruz, para finalmente transformarse en el anciano de cabellos blancos, que lo acompañó durante el viaje de regreso.

El anciano le sonreía al guerrero.

Águila Nocturna no tenía fuerzas ni para hablar. Se quedó viendo al anciano con una profunda mirada y de sus ojos rodaron lágrimas.

El anciano sin hablar le dijo que Águila Nocturna era un guerrero y que los guerreros no se dejan morir así. Que un guerrero lucha hasta el final, dejando fluir su espíritu, sin interesarle la victoria o la derrota, sino el ejercicio de su impecabilidad. El guerrero está entrenado para la guerra y para ello ha fortalecido su cuerpo, templado su voluntad y afinado a su espíritu. Un guerrero no se deja morir como un perro viejo. Un guerrero pelea hasta el último momento. Un guerrero no se entrega nunca a nada y menos a la muerte.

Águila Nocturna sentía que su cuerpo elevaba la temperatura. Una poderosa corriente de energía lo recorría. El anciano le ordenó que se incorporara y lo siguiera, dando la media vuelta y saliendo de la habitación. El guerrero sintió que el cuerpo no le respondía y de pronto, ya estaba incorporado, pero al voltear vio que su cuerpo estaba tirado en el petate durmiendo. Fue atrás del hombre de cabellos blancos. No caminaba solo se deslizaba a impulso de su voluntad. Pasó entre los edificios de La Casa de la Medida y llegó a un conjunto de pirámides.

Entró a un patio que estaba rodeado de cuatro pirámides altas y empinadas. En el centro de la plaza, estaba una piedra rectangular en dirección Norte—Sur. El anciano le ordenó que se recostara sobre la

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