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Por las noches era acompañado en sus sueños por el anciano de cabellos largos, quien lo llevaba por extraños mundos e increíbles lugares. Águila Nocturna cada noche que soñaba con este misterioso hombre, despertaba con el corazón sereno y con una profunda alegría, que le daba equilibrio y bienestar todo el día.

Pero un día que caminaba por la selva que bordea el mar, al morir la tarde, vio en una pequeña playa, una luz que iluminaba más que una fogata. Salió del monte y caminó por la playa hacia ella La noche había entrado, extrañamente el sol se retiró rápida y sigilosamente. La luz era de un azul blanquecino, que impedía verla fijamente. Con descargas intermitentes, parecía que buscaba algo. Pequeñas y potentes emisiones de luz azul, entraban en la selva o bajo el agua.

Águila Nocturna sintió la necesidad de acercarse y ser iluminado por ella. Salió de la selva y caminó por la playa. En cuanto se fue acercando, la luz se empezó a mover con mayor rapidez, emitiendo un sonido bajo y grave, que cambiaba de tono de manera rítmica, muy parecido al que hacen las chicharras antes de caer el agua.

El guerrero sentía como toda su energía entraba en una gran conmoción. Algo estaba pasando adentro de él. De súbito empezó a vibrar levemente todo su cuerpo y escuchó un sonido que salía del interior de todo su ser. Un zumbido que tenía reminiscencias del mar, del viento y del fuego, intermitentemente, como un ronroneo que buscaba fundirse con el sonido que emitía la fuente de luz. Águila Nocturna cerró los ojos y se sintió todo el mar, todo el viento y todo el fuego del universo, que revueltos circulaban a una velocidad increíble por todo su cuerpo en busca de una salida. Sintió la necesidad de explotar, pero el zumbido que producía su cuerpo, lo aprisionaba en una frecuencia muy alta, pues se había logrado afinar con el que emitía la luz, produciendo un extraño sonido, que jamás había escuchado. El sonido tenía vida propia, era energía sonora que poseía consciencia de ser.

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