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bosque cercano, a ofrendar a los dioses y los más pequeños, se levantaban a bañarse con agua fría y a orar. Los Viejos Abuelos habían enseñado que la formación de los jóvenes no solo debía ser exterior; es decir, de conocimientos teóricos y prácticas de trabajo. La verdadera formación del joven, radicaba en entender el fenómeno de su propia existencia y el vínculo que ésta tenía, con la comunidad, la naturaleza y la divinidad suprema. Y fundamentalmente en la templanza y fortaleza de su espíritu; porque la pasión y vocación, que los Viejos Abuelos toltecas habían enseñado a los hijos de sus hijos, por el sentido espiritual de la vida, se convertía en el más importante legado de su pasado.

La educación impartida buscaba que los jóvenes se incorporaran totalmente a la comunidad, a su historia, su religión y su cultura. Lograba también despertar el sentido de sacrificio y abnegación individual, por el bien de la comunidad.

En La Casa de los Jóvenes se les enseñaba a transformarse en “seres humanos", a ser lo mejor de ellos mismos y a hacer florecer su corazón. Estas tres metas básicas se lograban a través de "ser responsable"; que implicaba, que nadie les tuviera que decir, lo que debían hacer, y finalmente a "ser disciplinados"; esto es, que hicieran lo que tenían que hacer, aunque no les gustara hacerlo. Así, con la responsabilidad y la disciplina, llegaban al control y con él, a la fuerza de voluntad capaz de mover casi cualquier cosa del mundo exterior. Los maestros insistían, en que la fuerza interior era lo único que un hombre poseía, para enfrentar los misterios del mundo y los desafíos de la vida.

La Casa de los Jóvenes mantenía una estructura y una disciplina paramilitar. Aunque tenían muchos atados de años que no hubo guerras. Los Viejos Abuelos dejaron dicho que la esencia más pura de la humanidad se encuentra en los niños. Y los niños de todas las épocas y todos los lugares juegan; unos a lo militar, las otras a lo maternal. Lo que significa que lo militar tiene dos caras; una biófila y la otra necrófila. Una que servía para formar y construir, la otra que sirve para deformar y destruir. De esta manera, en la formación y templanza

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