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nocturnas, acechaban a los vigilantes. Jaguar de Fuego ya había instruido al guerrero de estos peligros. Pues el Señor de la Noche, mandaba a sus hijos a cazar a los incautos vigilantes, que atraídos por extraños ruidos, voces o imágenes, se alejaban del fuego protector y jamás regresaban de la obscuridad.

Pronto el equipo de transportadores dejó las tierras planas de la península y empezó a subir por montañas, que a cada momento crecían en tamaño y altura.

El clima y la vegetación empezaron a cambiar. La selva húmeda paso a transformarse en una exuberante vegetación de medía montaña, la frescura de la sombra que proporcionaba los árboles hacían más ligero el camino. El cuerpo de Águila Nocturna inmediatamente registró el cambio. Algo en su interior, recordaba esos árboles y esas montañas.

El equipo después de unos días, dejó la media montaña y pasó a los majestuosos bosques. Inmensos pinos, que saturaban los cerros y montañas cambiaron el clima totalmente. Un aire frío pasaba entre las ramas de los árboles, haciéndolas cantar y silbar. El cuerpo de Águila Nocturna se alertaba, como quien reconoce una antigua canción, que le es muy familiar.

Los transportadores cruzaban hacía el Sur, entre cordilleras que iban en dirección Oriente Poniente. Subían por empinados caminos, hasta llegar a las altas cimas, para inmediatamente, iniciar el descenso, hasta llegar a pequeños riachuelos que se encontraban en el fondo de las cañadas, para de nuevo iniciar el ascenso de otra cima.

En medio de esas remotas y deshabitadas montañas del Petén, apareció un hombre en medio del camino. Era alto y portaba un tocado hecho en piel curtida, que tenía el diseño de la cabeza de una serpiente, por medio de pequeñas piedras de turquesa, que estaban adheridas a la piel y que en conjunto daban la idea de un espléndido mosaico de colores, en el que sobresalían los ojos y los colmillos de la serpiente, en color blanco. Coronado con bellísimas plumas de quetzal,

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