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alegría. Finalmente terminaron durmiendo. Se abrazaban tiernamente, inconscientemente no estaban dispuestos a separarse nunca más.

La mañana despertó con el amor. Los primeros rayos de luz que entraron a la habitación, encontraron a la pareja en un rito de amor. Flor de Lluvia y Águila Nocturna querían recuperar todo el tiempo perdido. Su tiempo de amor.

Cuatro días con sus noches, el amor ocupó todos los espacios de esa habitación. A veces con ternura, otras con pasión, los amantes recobraban todos los besos y caricias que el destino les negó. Águila Nocturna estaba materialmente cautivado. El mundo había desaparecido. El amor era el sentimiento más fuerte que había vivido. La única realidad, la encarnaba la ternura y la pasión de Flor de Lluvia. Su cuerpo, era lo único cierto y representaba el paraíso perdido.

La mañana del décimo día Águila Nocturna reaccionó cuando vio sus guajes vacíos. Recordó en ese mismo instante, que ese era el último día, para encontrar “La Piedra de Poder de la Tierra de la Serpiente Emplumada”.

Le explicó a Flor de Lluvia su situación y le propuso que se fuera con él en busca de la Piedra. Flor de Lluvia le explicó a su amado, que por el encantamiento, ella no podía alegarse del cenote, en cuanto lo hiciera, se iría desvaneciendo como la bruma y que si él se iba, por el mismo encantamiento, nuca más encontraría el camino de regreso. La muchacha apasionadamente le pidió en cambio, que él se quedara a vivir con ella en aquella casa. Con besos y caricias, le dijo que nada les faltaría y que podrían amarse toda la vida.

Águila Nocturna entonces le contó, que él también sufría de un conjuro, pues si en diez días no encontraba "La Piedra de Poder", perdería para siempre la memoria. El Guerrero le dijo a Flor de Lluvia:

—De modo que si me quedo, mañana amaras a un cuerpo, pero mi ser, estará totalmente perdido. La mujer lloraba desconsolada en los brazos del guerrero. No tenían alternativa, el amor había sido eterno

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