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quedó inmóvil. La selva que segundos antes estaba viva y sonora, había quedado en total silencio.

Águila Nocturna agudizó el oído y abrió su percepción. Eran minutos de angustia. Por la espalda del guerrero, un sudor frío bajaba lentamente. La atmósfera se cargó de electricidad.

De pronto, se escuchó el poderoso rugido de un jaguar a muy poca distancia de Águila Nocturna. Las piernas del guerrero se doblaron involuntariamente y algo le desgarró el estómago. De un brinco felino, Águila Nocturna encaró el lugar de donde venía el rugido. Su cuerpo se tensó y se puso en estado de alerta. Otro rugido se escuchó, pero del lado contrario.

Por la potencia de los rugidos, el guerrero estaba rodeado de por lo menos de dos inmensos jaguares. Resolvió apresurar la marcha, en espera de encontrar un lugar de resguardo o un claro donde poder hacer un fuego salvador; pues en esa estrecha y cerrada vereda, estaba totalmente indefenso.

La noche se dejó venir de súbito, Águila Nocturna caminaba a un paso muy veloz, pero sin correr. Él sabía que debía hacer sentir a los animales, su fuerza y su templanza, de no ser así, caerían inmediatamente sobre él.

El guerrero no traía ninguna arma, más que sus guajes, el morral y su poder personal. Los rugidos cada vez se escuchaban más cercanos y siempre se adelantaban en su camino. El guerrero urdió una estrategia. Recogió un tronco y se puso a gritar con todas las fuerzas que salían de su desesperación, al mismo tiempo golpeaba todo cuanto a su paso se ponía al alcance, haciendo un verdadero escándalo. La estrategia dio resultado, al parecer los jaguares desconcertados se alejaron un poco, para saber qué pasaba.

Mientras tanto, Águila Nocturna avanzaba rápidamente, desgarrándose la garganta y golpeando con desesperación, esperando encontrar una salida a la situación.

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