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pocos metros de la abertura superior, por lo que pudo ver por un instante la caverna totalmente iluminada y algo, en lo más profundo de su ser, se sacudió también con la violenta descarga. Por el trueno del rayo, que se multiplicó en la caverna, tuvo entonces un recuerdo fugaz, como una visión congelada de algo, que estaba relacionada con esa caverna y en su pasado, algo que era muy importante y que casi estuvo a punto de atrapar en la parte del consciente.

Águila Nocturna pasó toda la noche tratando de abrir la compuerta de los recuerdos. Una inmensa pared de niebla hacia que perdiera claridad su inteligencia angustiada y terminaba con la mente en blanco, como en trance o dormitando. Se recuperaba y nuevamente se concentraba en sus recuerdos, y nuevamente aparecía la pared de niebla, que poco a poco lo envolvía, haciendo que perdiera claridad y voluntad.

Uno de los ancianos, miembro de la hermandad secreta de transportadores, se dio cuenta de lo que le estaba pasando a Águila Nocturna y le hablo en la lengua de Los Viejos Abuelos:

—Escucha joven viajero, estas torpes palabras de un pobrecito y un ignorante, que desea darte, entregarte su pobre corazón.

Este que te habla es ya un viejo, que pronto vendrán los zopilotes por él. Mi nombre es Luz de la Noche. Lo único que tengo, lo único que poseo, te lo quiero dar; porque veo y siento que en tu corazón habita una gran pena, una gran tristeza que está lastimando a tu noble y tierno corazón. Sígueme.

Águila Nocturna no se sorprendió en lo más mínimo de las palabras del anciano. Todo su cuerpo entendía lo que estaba pasando y su mente no se oponía. Siguió lentamente al anciano, quien lo llevó hasta un discreto recodo, donde había un túnel por el cual entraron a una cámara pequeña. Luz de la Noche llevaba una antorcha que iluminó el recinto.

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