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años, habían enseñado al pueblo a vivir en casas extremadamente modestas y sobrias. Construidas de adobe, madera y paja, cualquiera que fuera la condición social de la persona.

Las diferencias sociales se establecían a través de los valores interiores de la persona; y sobre todo, por el servicio que a lo largo de toda una vida de trabajo se realizara por el bienestar de la comunidad. Por ello, existía un milenario valor, por el prestigio y la dignidad de cada ciudadano, en donde no contaban para nada los bienes materiales.

La costumbre era, que los dioses merecían todo el esplendor de la materia; lo mismo que la comunidad, representada por el gobierno. Los merecidos del sacrificio de la divinidad; los seres humanos, tenían como único medio de expresar su potencial, el desarrollo de una vida virtuosa, a través de la austeridad y la frugalidad; de la religiosidad y el servicio a su comunidad. Esas fueron las normas que los Viejos Abuelos les enseñaron a los primeros hombres que iniciaron los linajes allá en el origen de la historia; y sigue siendo la costumbre, en los hijos de sus hijos, hasta el final de los tiempos.

Por ello, los edificios públicos y los templos se manifestaban a través del arte como expresión de la inspiración más exaltada, que fluía de su fuerza espiritual. En estos hermosos edificios el arte se mostraba como un vehículo de unión, un puente entre lo humano y lo divino, entre el espíritu y la materia, entre el cielo y la tierra.

De esta manera, el pueblo no escatimaba ningún esfuerzo y sacrificio, en la construcción de éstos edificios. Estos eran tallados en piedra, recubiertos con estuco y decorados con bellísimas pinturas, alusivas a su uso.

El edificio de La Casa de los Jóvenes tenía una gran plaza, en el centro había un adoratorio dedicado a las múltiples advocaciones de la Divinidad Suprema. Rodeando a la plaza se encontraban cuatro edificios. En uno estaban las habitaciones para dormir. Era rectangular como todos, amplio y de techos altos. El piso era de piedra y en la

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