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pues los productos que intercambiaban eran estrictamente de uso religioso, por lo que su labor era muy reconocida en todas las comunidades, ya que sin sus valiosos servicios, el culto que el pueblo les hacía a las diversas manifestaciones de “Aquél por quien se vive”, no se podría realizar debidamente.

Además que era de todos reconocido, que estos largos viajes eran sumamente peligrosos y muchas de las veces, jamás regresaban, pues tenían que caminar, en ocasiones meses enteros, cruzar selvas, pantanos o subir por desoladas sierras y cordilleras, siempre asechados por animales e insectos ponzoñosos, fieras salvajes y un sinfín de peligros; y todo esto lo hacían a pie y cargando ellos mismos, las preciadas mercancías sagradas.

Sí de una parte se llevaban caracoles marinos, perlas, tintes, plumas de quetzal y papagayo, carapachos de tortuga y armadillo, jade, esmeraldas, pieles de jaguar; de otras traían, papel, copal, piedras preciosas, hierbas medicinales, tintura de cochinilla, piel de conejo, mantas de algodón, cuchillos de obsidiana y de cobre. Esta hermandad de transportadores, tenía sus propias reglas y sus conocimientos eran de carácter secreto e iniciático. Su organización era paramilitar, por lo cual eran muy respetados y valorados, por todos los pueblos. A donde quiera que llegaran, eran bien recibidos y se les proporcionaba todo cuanto necesitaban para cumplir con su cometido sagrado.

La comunidad de Serpiente Marina, Yucalpetén, estaba situada en una pequeña caleta junto al mar azul. La arena de sus playas era muy blanca y sumamente fina. Pueblo pequeño de pescadores, vivía de manera sencilla y armónica con la naturaleza.

Al transcurrir el tiempo, Águila Nocturna se fue incorporando a la comunidad sin darse cuenta. El Consejo de Ancianos, veía con buenos ojos la presencia del joven, que ya comenzaba su etapa de madurez y podría desposarse con una doncella del pueblo.

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