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detenido en aquel atardecer, con su impresionante y profundo sentimiento de bienestar.

Abrió lentamente los ojos, se estiró como un felino, lenta y pausadamente. Se incorporó y salió a la puerta.

El sol estaba a media mañana, si bien, el lugar no era muy alto, pero pudo determinar la extensión probable de lo que fue ese lugar. Decidió recorrerlo, había avanzado poco, cuando escucho con claridad el ruido que hace un cuerpo al caer en el agua, inmediatamente se dirigió cautelosamente a la fuente del sonido, entre unos arbustos pudo ver un cenote, con una agua totalmente cristalina.

De pronto surgió del agua, el cuerpo de un hombre joven, que salía a tomar oxígeno, para nuevamente sumergirse. Águila Nocturna estuvo observando desde su escondite al extraño, que de vez en cuando, sacaba un pez, ensartado en un arpón y lo introducía en una cesta, que estaba en la orilla del bellísimo cenote.

Finalmente en una zambullida del pescador, Águila Nocturna decidió salir de su escondite y alcanzó a ver como el buzo se perdía hacía un extremo del cenote, en donde el agua cambiaba a un color azul más intenso, lo que hacía suponer que el cenote tenía mucho más profundidad.

Poco tiempo después, se empezó a ver la figura del buzo aparecer. Nuevamente traía ensartado en su arpón a un enorme pez. Como un reflejo submarino se movía rápidamente el hombre, hasta alcanzar la superficie e inmediatamente, tomar una bocanada de aire fresco.

Al momento de percatarse de la presencia de Águila Nocturna, le saludo con una amplia sonrisa y le dio los buenos días, en la lengua que le habían enseñado los maestros que lo recibieron en el recinto de “La tres veces construida”.

Sin mediar más comentarios, el buzo invito a Águila Nocturna a sumergirse en el cenote. Acto seguido los dos muchachos se

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