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La tarde empezaba a declinar, el Señor de los Dardos de Fuego, estaba casi en el horizonte. Águila Nocturna entró por la puerta Poniente y se dejó caer en el piso. Cuando su cuerpo se aflojó, el cansancio se le vino encima. No había comido en todo el día y estaba exhausto. Cuando apreciaba el techo en forma de arco de la extraña construcción, se percató que una luz rojiza empezó a invadir lentamente el recinto, creando una atmósfera de paz y bienestar.

Su cuerpo sentía que se encontraba en un lugar benigno. El sol antes de hundirse en el horizonte, dirigió directamente sus rayos, que entraron horizontalmente por la puerta Poniente, produciendo una luminosidad fuera de lo común; pareciera que las piedras del edificio, multiplicaran por una razón desconocida, la intensidad de la luz. Por la parte Oriente salían los rayos de luz rojiza, por la puerta y ventanas, dándole vida propia al recinto.

Águila Nocturna sintió como poco a poco su cuerpo recobraba el ánimo y las fuerzas pérdidas durante la caminata, pero lo más sorprendente, era que su corazón se llenaba de una inmensa paz y tranquilidad. Toda la angustia que había sentido desde el mismo momento en que llegó a esas extrañas tierras, se estaba disolviendo como una bruma mañanera en la selva y se convertía en nada.

Sentía una inmensa alegría de estar vivo, de sentirse vivo, de pensarse vivo. Esa casa era como el útero de la madre querida, sin pensarlo, se acurruco en posición fetal y cerró los ojos, tratando de concentrarse únicamente en el sentimiento de bienestar que lo envolvía, para quedarse profundamente dormido.

A la mañana siguiente, Águila Nocturna no quería abrir los ojos. Los pájaros desde temprana hora, habían comenzado sus ruidosos cantos y gritos. La luz de Oriente ya había penetrado la habitación y en su fulgurante ascenso, ya había dejado el recinto en busca de las alturas. El calor empezaba a subir y el muchacho se negaba a abrir los ojos. En lo más profundo de sus adentros, deseaba que el tiempo se hubiera

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