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parte de la cornisa en donde estaba apoyado. Sintió como el corazón se le salía por la boca. Se aferraba con desesperación, pero las piedras se le desmoronaban en las manos, poco a poco, fue deslizándose hasta quedar colgado con medio cuerpo.

Águila Nocturna sentía que las fuerzas se le agotaban. Cuando sintió que era el fin, se soltó, pero cayó en la parte superior de una inmensa pirámide, justamente enfrente de sus empinadas escalinatas, las más altas que había visto en toda su vida. Por un instante guardó el equilibrio, pero finalmente se fue hacia adelante, de modo que tuvo que dar un salto y caer escalones abajo, después otro salto y otro, hasta que empezó a sentir el vértigo de la caída, pero ahora en una veloz bajada de las empinadas escalinatas, que parecía que no tenían fin. De salto en salto cobraba más velocidad y sentía que se estrellaría al llegar al suelo. Una angustia de la velocidad y la caída, recorría su cuerpo con chorros de adrenalina.

Sentía que se perdía irremediablemente, cuando algo extraordinario sucedió. De pronto empezó a sentir un calor, que nacía abajo de su ombligo y poco a poco, fue extendiéndose por todo el cuerpo. La caída veloz se fue aminorando, hasta quedar inmóvil. La energía que salía del interior de su cuerpo, estaba acompañada de una nota musical en tono grave, que como el aletear de un escarabajo, iba en aumento.

Águila Nocturna sintió la plenitud y la fuerza de su cuerpo, que entonaban con la nota musical o la energía. Una necesidad de lo más profundo y antiguo de su ser, brotó como un volcán en erupción. Con el apoyo de la fuerza telúrica, Águila Nocturna salió literalmente disparado hacia el cielo. De su cuerpo se desprendían largas llamas de fuego y cuando llegó más arriba de las nubes, estalló en mil pedazos, con una inmensa alegría, caía en una lluvia de estrellas.

Águila Nocturna abrió los ojos con desesperación y se dio cuenta que estaba parado abajo del arco izquierdo de aquel edificio. Tal vez era de madrugada, cuando decidió emprender el camino de regreso.

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