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cuerpo. Lo sentaron de cara al Oeste, en la piedra tallada que está en la plataforma de la pequeña construcción. Cuatro guerreros pintados de azul, negro, rojo y blanco, subieron las cuatro escalera, con una antorcha y un incensario encendido; se arrodillaron de cara a los cuatro puntos cardinales y empezaron a entonar un rezo en extraña lengua, que Águila Nocturna no pudo identificar.

El rezo más bien parecía un canto, con cuatro tonos que se repetían de manera monótona, creando una atmósfera de mucha fuerza espiritual. Después fue llevado al arco en forma de punta de flecha, que está a mano derecha del edificio que preside la plaza. Subieron lentamente los escalones, la luz de la luna parecía que hacia brillar las piedras con luz propia, caminaron por el pasillo y al llegar frente a la entrada del arco, lo invitaron a entrar.

El hombre pintado de blanco le dijo a Águila Nocturna, que se quedara parado sin moverse y que pusiera su mente en blanco. El pequeño espacio estaba tapizado de olorosas yerbas y se quemaba copal.

La noche era fresca y apacible, un silencio absoluto solo era roto por una dulce y misteriosa ocarina, que de vez en vez, sonaba armoniosa como una bella plegaria. Águila Nocturna rápidamente quedó dormido o pasó a un estado de trance muy profundo.

Cuando abrió los ojos se percató de que estaba en lo más alto de una torre que tenía cuatro niveles. Se aferró inmediatamente y el vértigo recorrió su espalda rápidamente, dejando una huella de sudor frío. Miró con detenimiento para abajo y se dio cuenta que estaba en un lugar desconocido. Una gran pirámide de nueve secciones, con una construcción en la parte superior, con cinco grandes accesos. Miró entonces hacia el Norte y a lo lejos aparecía esa hipnotizante raya del horizonte, una planicie verde, como un mar inmóvil.

Al Sur se encontraba la cordillera en todos los tonos del verde, algo en sus adentros se emocionaba con las montañas. Estaba contemplando el maravilloso paisaje, cuando empezó a desprenderse

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