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misericordia, que tiene usted, con este pobre hombre que se atreve a hablarle a tan ilustrísimo Maestro.

En verdad que no sé quién soy yo, y mucho menos cuál es la misión, que nuestro amadísimo Señor, “El que se Inventa a Sí Mismo”, me ha encomendado. Solo siento con verdad, la inmensa nostalgia de mi espíritu por recobrar su plena conciencia.

Cumpliré con mi destino, agradezco infinitamente su voluntad y misericordia, con este pobre peregrino.

Acto seguido, Águila Nocturna se retiró del lugar. Pasaron los días largos del año, entraban las primeras lluvias y el calor empezó a retirarse. Viento del Norte era un hombre de edad madura con un semblante sereno, siguiendo las instrucciones del Venerable Maestro, empezó a enseñarle tanto el idioma, como las costumbres de La Tierra de la Serpiente Emplumada.

Águila Nocturna aprendía con mucha facilidad, parecía como si en vez de aprender, tan solo recordara. Viento del Norte se dirigía con mucho respeto al muchacho, ya que intuía, que Águila Nocturna era un decantado y virtuoso Guerrero de la Muerte Florecida, pero que en esos momentos, se encontraba en una situación de desventaja temporal.

Era su predilección, que cuando terminaba su instrucción, Águila Nocturna se iba a ver caer la tarde, a lo más alto de la pirámide Sur del conjunto. Tenía una inexplicable fascinación por ver la extensa superficie de aquellas tierras. La línea del horizonte lo hechizaba; tanta inmensidad de tierra, materialmente lo cautivaba, era como un insondable mar de tierra. Desde la punta de la pirámide, veía el lento naufragio del incandescente astro; poco a poco, era devorado por la tierra. Gran cantidad de parvadas de diferentes tipos de aves se dirigían a descansar y hasta muy tarde quedaba el resplandor rojizo del día que había muerto.

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