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En lo más profundo de su sueño, de pronto escuchó un nombre, que lo cimbró hasta las entrañas.

—¡Águila Nocturna! regresa al Valle de Etla, te estamos esperando. Como un eco, empezó a reverberar el mensaje por todo su cuerpo. De alguna forma desconocida, tuvo la certeza de que él se llamaba Águila Nocturna, que su hogar estaba en El Valle de Etla y que ahí, lo estaban esperando.

Un haz de luz penetró la obscura caverna, percibió en un punto muy lejano la salida. Escuchó entonces nuevamente la voz, que le dijo:

—En la vida, no existe ningún camino hacia afuera, que antes no haya sido recorrido hacia adentro. Busca la voz de tus adentros, establece el puente con la partícula divina que llevas en tu interior. Tienes que luchar y recorrer un largo camino, para llegar a ti mismo.

Abrió los ojos y se encontró en la habitación, que le habían asignado esos bondadosos hombres, que lo recibieron en aquel lugar. Su cuerpo estaba muy débil, pero en su pecho, había luminosidad y armonía. Sabía quién era y de donde venía.

Águila Nocturna se dedicó a recorrer los impresionantes edificios de aquel maravilloso conjunto. Se dirigió a la parte Sur, en donde estaba una soberbia construcción, que tenía once puertas y un hermosísimo tablero en la parte superior. En el centro estaba una puerta ligeramente más grande, a ambos lados tenía tres puertas; inmediatamente un par de extrañas entradas al interior del edificio, en las que escasamente pasaba un hombre de frente y en lo alto, formaban un triángulo a través de un arco, que semejaba la punta de una flecha, que se dirigía al cielo. Después se encontraban dos puertas a cada lado de los arcos. Hacia el Sudeste miraba la fachada, después se encontraban unas escalinatas que bajaban a una gran plaza.

Por la tarde regresó al arco donde había caído y esperó sentado en las gradas la llegada de la noche. Apareció por el Oriente el lucero de la tarde. En el pecho de Águila Nocturna se apretaban sentimientos

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