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Hay un brotar de piedras preciosas,
hay un florecer de plumas de quetzal,
¿son acaso tu corazón, Dador de la vida?

Todos se marchan a la región de los muertos,
al lugar común de perdernos.
¿Qué somos para ti, oh Dios?
Así vivimos.
Así en el lugar de nuestra pérdida,
así nos vamos perdiendo.
Nosotros los hombres,
¿a dónde tendremos que ir?

El águila empezó a volar en círculos en torno al muchacho, el sol brillaba de nuevo con más intensidad. El ave inició un descenso en picada hacia el aspirante y paso rozando la cabeza del guerrero, para ir a detener su vuelo a una pequeña pirámide que estaba más arriba, sobre el camino. Águila Nocturna se dirigió al lugar, su cuerpo sabía perfectamente del encuentro.

El águila estaba parada sobre un monolito de piedra bellamente esculpido. Se trataba de una serpiente en posición enroscada. Sobresalía su cabeza en lo alto, con su inmensa lengua que bajaba hasta la parte media de su cuerpo enrollado; sus colmillos y sus ojos reveladores, estaban atentos al movimiento. Su cuerpo cilíndrico y en espiral, asumía una forma piramidal. En frente a la serpiente, estaba una escultura de un anciano sentado, con su columna vertebral recta pero inclinada. Sobre su cabeza estaba un recipiente a manera de incensario. Cuatro inmensos caracoles tallados en piedra verde, lo rodeaban. El águila entonces se dirigió de esta manera al joven:

—Haz fuego en este lugar y deposita la brasa sobre la cabeza del Antiguo Señor del Fuego. La divina brasa que nos guía en la vida, fue depositada en el principio de los tiempos, en el centro; en lo más profundo de nuestro ser. Este fuego interno se convierte en antorcha del templo, estrella en la oscuridad de la noche y en nuestra energía

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