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Ave de espadas, tú, ave de dardos
Oh autor de la vida, volando vas,
vienes a detenerte donde está tu santuario,
donde está la pirámide de tu templo
sólo quiere mi corazón
la muerte en guerra!".

Águila Nocturna entonces vio como la inmensa bóveda celeste estallaba y en intermitentes relámpagos de luz cegadora, tuvo una visión alucinada. Apareció frente a él, en medio de esos estallidos de luz y oscuridad total; un frondoso y gigantesco árbol, como una cruz majestuosa, señalando los cuatro rumbos de la existencia. Este árbol, que en momentos era una ceiba, luego un sabino y finalmente un nopal milenario, se movía en todas direcciones junto con el universo. En la punta del árbol estaba parada una bella ave, que cambiaba de forma; unas veces aparecía como un quetzal y otras como un águila. Este inmenso y majestuoso animal, unas veces aparecía luchando con una serpiente de cascabel y otras, devorando los frutos florecidos del árbol y el nopal, que como pequeñas estrellas luminosas, se desprendían subiendo en una espiral hacia el pico del águila, quien las devoraba inmutable. Esta última imagen le produjo un doble e intenso sentimiento. Por una parte una exaltante alegría, al constatar su origen celeste; pero al mismo tiempo, una profunda tristeza, al darse cuenta que toda la vida tiene como único fin, desarrollar la conciencia, para ser alimento del Águila. Como flores frescas y olorosas, fueron llegando a su corazón las palabras de un viejo poema:

¿A dónde iremos
donde la muerte no existe?
Más, ¿por esto viviré llorando?
Que tu corazón se enderece:
aquí nadie vivirá para siempre.

aunque fueras jade,
aunque fueras de oro
también allá irás

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