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escalones cada una. Se paró en el centro de cara al Oriente y siguió con los ojos entre cerrados, el camino ascendente del sol. Algo le decía que tenía que estar ahí en espera de una señal. Cuando llegó el medio día, la luz del sol ceso su intensidad.

El muchacho había detenido sus pensamientos y con los ojos entrecerrados dejaba filtrar energía del sol. El súbito descenso de la intensidad de la luz, hizo que abriera más los ojos para percibir lo que sucedía. Entonces fue cuando apareció un águila que se interponía entre sus ojos y el sol. Inmóvil, detenida en el aire, el animal observaba atentamente al muchacho. Las miradas se encontraron, corría un haz de fuego de un extremo a otro. Águila Nocturna no sentía miedo ni sorpresa, más bien, como que su cuerpo sabía lo que pasaba y estaba en espera del acontecimiento. De pronto, el águila empezó a aumentar de tamaño y la luz a disminuir de intensidad. Como si fuera un eclipse, el águila cubría al sol en todo el cielo, hasta la temperatura bajo y empezó a soplar un viento frío. La oscuridad se hizo total, el águila se transformó en la bóveda celeste. Sin embargo el muchacho sabía que el águila seguía ahí. El Águila era el día y la noche, dueña de toda la energía del mundo y al mismo tiempo, no era nada, tan solo una percepción fugaz de lo inconmensurable. Sin poder contenerse, Águila Nocturna repitió desde el fondo de sus entrañas:

"Ave de espadas, tú, ave de dardos
Oh autor de la vida, volando vas,
Vienes a detenerte donde está tu santuario,
donde está la pirámide de tu templo.

Nada como la muerte en guerra,
nada como la muerte florida

¡Corazón mío, no temas:
en medio a la llanura
en lo alto de la montaña
quiere mi corazón
la muerte de obsidiana
la muerte en guerra!

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