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sus hijos y nietos. Por ello, el servidor público debe mantenerse extremadamente atento en sus actos, intolerante con los vicios y las debilidades, debe estar permanentemente en estado de alerta, pues el poder corrompe a los mortales, los hace ciegos, sordos y caprichosos. Hoy hijos míos, los entregamos con bien a su destino.

Sonaron nuevamente los caracoles marinos. Fue el momento en que tomó la palabra a nombre del gran Consejo Supremo, "El que Habla", diciendo:

—¡Oh serenísimo y humanísimo Señor nuestro! aquí has oído a tu pueblo. Aquí ya han brotado flores y canto, palabras muy dignas de ser encomendadas por los sacerdotes y los maestros. Pienso, y tengo para mí por cierto, que las grabaran en su corazón y las pondrán en obra hasta su muerte. Recibamos a nuestros frutos prometidos, que pronto, muy pronto serán "el corazón del pueblo".

Estas piedras preciosas, estas plumas de quetzal, han terminado su educación y su instrucción para servir al pueblo. Ahora se han acercado al corazón del pueblo, deben siempre actuar con suma humildad y prudencia. No pueden volverse orgullosos o altivos, por más alta que sea su responsabilidad, siempre recuerden que ante todo, son servidores del pueblo. Que mandan obedeciendo.

La austeridad y la sobriedad deberán regir todos sus actos. De ahora en adelante su vida íntegra, pertenece al pueblo; con sus actos cotidianos, en su casa y en los edificios públicos, ustedes representarán los valores más altos de nuestra herencia milenaria.

Miren bien de ser ejemplo limpio, puro, sin mancha alguna. Cuiden bien de ser diligentes, atentos y responsables en el arte de gobernar y administrar. Mantengan la templanza de espíritu, que forjaron en nuestras sabias instituciones de educación. Cumplan escrupulosamente y hagan acatar las leyes y normas de nuestras instituciones. La más mínima corrupción de ellas, significa el comienzo de nuestra destrucción. En su mente y su corazón, está el destino de nuestro pueblo.

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