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D A A N Y B E É D X E.
SEGUNDA PARTE


Todo el pueblo vivía los preparativos para la ceremonia de "La Entrega de Cargos". Los cuatro barrios engalanaban la plaza principal, con aromáticas flores y papeles decorados, que representaban a los dioses de los barrios.

El Consejo Supremo había sesionado la noche anterior y había decidido sobre el destino de los jóvenes, que ese año egresaban de La Casa de la Medida. Cuando el sol comenzó su paso por el cenit, inició el banquete en los pasillos del edificio de gobierno. En riguroso orden, estaban ahí todas las autoridades; las mujeres atendían con prontitud, como un panal de laboriosas abejas, cada una sabía lo que se tenía que hacer.

En la plaza mayor, los músicos hacían sonar sus numerosos tambores, ocarinas y flautas. Después de comer, las autoridades tomaron su lugar de honor en la plaza. Fue entonces cuando los jóvenes iniciaron la danza y un coro monumental entonaban emocionados himnos. Un pequeño ejército de servidores de los cuatro barrios, mantenían todo lo necesario en la fiesta, especialmente los braseros que quemaban copal.

En un momento, empezaron a sonar los caracoles marinos. Los jóvenes terminaron de danzar y la multitud ordenada y expectante guardó un respetuoso silencio. Entonces tomó la palabra el Sumo Sacerdote del Templo Mayor y dijo:

—¡Oh Valeroso Señor Nuestro, dueño del cerca y del junto; debajo de cuyas alas nos amparamos, y defendemos, y hallamos abrigo; tu

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