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por la meditación y el riguroso examen de las ventajas y desventajas que implica una amistad.

Sea esto o aquello, hay nuevos lazos tendidos entre los protagonistas. Se dio los primeros pasos hablando de los hombres. ¡Ah, los hombres!, como dicen las muchachas bobas; y como siempre se tiende a la exclusión de la regla, les satisface la galantería. Tienen por delante la probabilidad de la aventura nupcial, primordial idea, a la que no dejan de dar tributo.

—Mi madre se llamó como usted; es un nombre dulce y me suena bien como que es un recuerdo.

Después vendrá el remordimiento de haber mezclado a la madre en un negocio canalla.

Ella se lo agradecía y había que acercar la silla y tentar un rozamiento de sus brazos gordos. Una emoción que se propaga hasta el temblor de las manos. El temblor de las manos en un enamoramiento parece que perdonara la mentira; este exceso nervioso tiene el tinte de una sinceridad virtual.

Y como no retiraba los brazos buscaba ya las suavidades del cuello.

—Déjeme que la bese.

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