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Adoro la noche que nos hace sentir la placidez del alma naturaleza; la santidad de tanto ser que vive más allá del pensamiento; y, como os decía, tal era mi paz interior, que imaginé había muerto.

Profundo fué mi letargo. No supe darme cuenta de si aquella voz que hablara a mi oído, era voz humana o voz de presentimiento. Comenzó así:

—Vengo desde muy lejos a reposarme y encuentro que has usurpado mi sitio. Pero no importa, quédate; desahogaré contigo, criatura mortal, el secreto amargo que traigo de mis andanzas por esos mundos de seres intangibles.

Presta atención —susurró la extraña voz.— Los hombres del siglo pasado me llamaron genio; si te acercas a mi fosa, verás sobre ella, la insignia del buho sapiente. No desdeñaron elogios; también leerás en las preliminares páginas de mis obras la palabra inmortal. —Sentí