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Carlos Gagini

mas y los besos de Marta le retuvieron con su invencible hechizo. Su pasión se avivó desde entonces, cual si atormentado por la conciencia quisiese ahogar en el placer sus recuerdos y en las copas de champaña sus remordimientos.

Una mañana, al volver a su cuarto después de una orgía, le entregaron en el hotel un telegrama de Costa Rica. Estaba firmado por Ernesto y contenía sólo dos palabras: Luisito murió.

* * *

Pasaron las frescas auras de la primavera y caldeó el suelo el sol abrasador del estío. Los parisienses comenzaron su peregrinación anual a las estaciones balnearias y a los rincones de provincia en busca de una atmósfera menos sofocante; pero Federico,—cada vez más enamorado de aquella mujer que había tenido la delicadeza de vestir de luto por Luisito,—no pudo ir con ella a Biarritz.

Desde el fatal telegrama no había vuelto a recibir noticias de su patria. El silencio de Adela era explicable; mas, ¿por qué había pasado Ernesto tanto tiempo sin escribirle?

Se acercaba ya la época de la liquidación de la casa Jiménez & C.° y era indispensable partir para Costa Rica; así lo exigían además sus propios negocios, un tanto embrollados por los fuertes gastos de los últimos meses.

Trabajo le costó convencer a Marta; el viaje era inevitable, pero una vez arreglados sus