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Página:Cuentos clásicos del norte (Segunda serie).djvu/318

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El Hombre sin Patria

mano, pero con aspecto muy débil. No pude evitarme de lanzar una mirada en torno, la cual me mostró el pequeño santuario que se había formado en el hueco que habitaba. Las estrellas y las rayas lucían rodeando un retrato de Wáshington, y había pintado un águila majestuosa, arrojando rayos por el pico y sujetando con las garras el globo que sus alas cubrían. El querido y antiguo compañero sorprendió mi ojeada y dijo con triste sonrisa: "Como veis, ¡aquí tengo patria!" Y señaló entonces a los pies de su lecho, donde yo no había dirigido antes la mirada, un gran mapa de los Estados Unidos, dibujado de memoria, y que había colocado en aquel sirio para mirarlo mientras yacía acostado. Veíanse allí en grandes letras nombres originales y anticuados: Indiana Territory, Mississippi Territory y Louisiana Territory, como supongo que aprenderían la geografía nuestros padres; pero el viejo camarada había agregado también Tejas, llevando la frontera ocddental hasta el Pacífico; sólo que en estas costas no había nada definido.

"¡Oh, Dánforth! Sé que me muero. No volveré a ver mi patria!" dijo. "¡Espero que querréis decirme algo ahora? ¡Aguardad, aguardad! No pronundéis una palabra hasta que yo haya dicho lo que estoy seguro que sabéis: que no hay en este buque,que no hay en los Estados Unidos ¡Dios los guarde! hombre más leal que yo. ¡No puede haber hombre que ame tanto como yo nuestro pabellón, que ore por él como yo lo hago, o invoque para él porvenir tan brillante como yo! Cuenta ahora treinta y cuatro estrellas, Dánforth. Doy gracias a Dios por ello, aunque ignoro sus nombres. Jamás se ha arrancado ninguna de sus estrellas; ¡doy gracias a Dios por ello! De allí deduzco que ningún Burr ha triunfado. ¡Oh, Dánforth, Dánforth! —suspiró— ¡qué espantosa pesadilla parece la idea juvenil de gloria personal o de soberanía independiente, cuando uno la recuda tras vida semejante a la mía! Pero ¡decidme algo, que yo sepa todo, Dánforth, antes de morir!"

Ingham, os juro que me sentí un monstruo por no haberle dicho todo desde antes. Hubiera o no peligro en hacerlo, fuera o no delicadeza, ¿quién era yo, para haber tiranizado