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Cuentos Clásicos del Norte

Y cuando vino Nolan, dijo el capitán:

—Mr. Nolan, todos tenemos mucho que agradeceros hoy; hoy sois uno de los nuestros; seréis nombrado en el parte oficial de la batalla.—

Y entonces el anciano, desciñéndose su propia espada de ceremonia, la dió a Nolan e hizo que este la ciñera. El hombre que me lo contó fué testigo ocular de la escena. Nolan lloraba como un niño y tenía, en verdad, razón de hacerlo. No había ceñido espada desde aquel infernal dia en el fuerte de Adams. Pero después, en ocasiones de ceremonial, llevaba siempre aquella antigua espada francesa, primorosamente cincelada, del viejo comodoro.

El capitán le mencionó en el parte oficial. Siempre se ha dicho que pidió entonces la gracia de Nolan. Escribió una carta particular al secretario de guerra; pero nada resultó. Como he dicho antes, sucedía esto cuando comenzaba a ignorarse en Wáshington todo el asunto y cuando la prisión de Nolan continuaba simplemente porque nadie había capaz de ordenar que se suspendiera sin nuevas órdenes del gobierno. He oído decir que estuvo con Pórter cuando tomó posesión de las islas de Nukahiwa. No este Pórter, comprendéis, sino el viejo Pórter, su padre, Éssex Pórter; quiero decir, el viejo Éssex, no el Éssex de nuestros días. Como oficial de artillería que había servido en el oeste, Nolan sabía más que todos ellos de fortificaciones, troneras, revellines, empalizadas y todo lo demás; y trabajó con la mejor voluntad para fijar convenientemente la batería. He pensado