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Página:Cuentos clásicos del norte (Segunda serie).djvu/271

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Cuentos Clásicos del Norte

flexiones se apoderaron, sin embargo, de su mente; y, avanzando más bien con paso de somnámbulo que de cazador, no podía atribuirse a precaución alguna de su parte que su tortuosa marcha no le arrastrara muy lejos del campamento. Sus pasos se encaminaban maquinalmente casi en círculo; y no observó siquiera que se encontraba en el margen de un trozo de terreno cubierto de espesa arboleda, entre la cual no había ya pinos. En vez de estos, veíanse aquí robles y otras clases de árboles de madera dura; y en tomo de sus raíces brotaba densa y apretada maleza dejando, sin embargo, espacios vacíos y cubiertos de gruesas capas de hojas secas. Cada vez que el roce de las ramas o el crujido de los troncos producía algún rumor, como si la selva despertara de un sueño, Rubén levantaba instintivamente el mosquete que reposaba en su brazo y lanzaba una mirada rápida y escrutadora por todos lados; mas, convencido por su ligera observación de que ninguna pieza se aproximaba, entregábase de nuevo a sus pensamientos. Meditaba sobre la extraña influencia que le había arrastrado tan lejos en las profundidades del desierto y fuera de su rumbo premeditado. Incapaz de penetrar hasta los secretos repliegues de su alma, donde el motivo yacía oculto, creyó que una voz sobrenatural le había hecho adelantar y que una potencia sobrenatural había impedido su regreso. Confiaba en que la Providencia le procuraría la ocasión de expiar su pecado; esperaba encontrar los huesos tan largo tiempo insepultos; y que, una vez depositados