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Página:Cuentos clásicos del norte (Segunda serie).djvu/268

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El Entierro de Róger Malvin

y aun el espíritu de Rubén brillaba a intervalos con muestras exteriores de placer; pero interiormente le agobiaba un pesar frió, tan frió que lo comparaba a las masas de nieve acumuladas en las profundidades de los valles y en las hondonadas de los riachuelos, mientras arriba se ostentan las hojas de verde brillante.

Cyrus Bourne tenía suficiente conocimiento de la selva para advertir que su padre no seguía el mismo rumbo que tomaron en su expedición del pasado otoño. Dirigíanse ahora más hacia el norte, abandonando la dirección de las colonias y penetrando en una región de que bestias y hombres salvajes eran los únicos posesores. El joven hizo alusión algunas veces a esta materia, y Rubén le escuchaba atentamente, llegando a cambiar una o dos veces la dirección de su marcha siguiendo los consejos de su hijo; mas apenas lo había hecho, parecía encontrarse intranquilo. Lanzaba hacia adelante miradas rápidas y escudriñadoras, buscando aparentemente enemigos ocultos detrás de los troncos de los árboles; y no encontrando nada peligroso por aquel lado, tomábalas atrás como si temiera ser perseguido. Observando Cyrus que su padre volvía gradualmente a su primera dirección, no trató ya de intervenir: no permitiéndole su naturaleza aventurera lamentar la mayor extensión y misterio de su ruta, aunque sentía involuntariamente oprimírsele el corazón.

En la tarde del quinto día, hicieron alto y armaron su sencillo campamento una hora antes del ocaso. El aspecto del país en las últimas millas