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Cuentos Clásicos del Norte

moso adolescente que prometía gloriosa virilidad. Estaba especialmente dotado para las salvajes proezas de la vida de la frontera, en las cuales empezaba ya a sobresalir. Tenía el pie ligero, la puntería exacta, rápida comprensión y corazón animoso y jovial; de manera que todos los que preveían la repetición de la guerra india, hablaban de Cyrus Bourne como de un jefe futuro para la colonia. Rubén amaba al mancebo con profundo y reconcentrado ardor, como si todo lo que había de bueno y feliz en su naturaleza se hubiera transmitido a su hijo con la fuerza de su afección. Aun Dorcas, amante y amada, le era mucho menos cara que el joven; porque los secretos pensamientos y emociones solitarias de Rubén habíanle vuelto egoísta poco a poco, y sólo era capaz de amar profundamente aquello que representaba, o que él imaginaba, un reflejo o renovamiento de su propia naturaleza. Se reconocía en Cyrus, como había sido en sus lejanos días; y parecía a veces compartir el espíritu del mancebo y revivir a una vida nueva y feliz. Rubén partió acompañado de su hijo a la expedición emprendida con el objeto de elegir el trozo de terreno que deberían cultivar, y derribar y quemar los árboles; labor necesariamente preliminar al transporte de sus enseres domésticos. Transcurrieron así dos meses del otoño; pasados los cuales Rubén Bourne y el joven cazador regresaron a pasar el último invierno en las colonias.

A principios del mes de mayo la pequeña familia, cortando los vínculos de afecto que la encadenaban