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Página:Cuentos clásicos del norte (Segunda serie).djvu/260

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El Entierro de Róger Malvin

anteriores. Observó que el joven había reconquistado por completo sus sentidos y no pudo dominar más largo tiempo su ansiedad filial.

—¿Y mi padre, Rubén?— comenzó; mas el cambio de la fisonomía de su amante la obligó a detenerse.

El joven se estremeció como a impulsos de agudo dolor y la sangre subió violentamente a sus descoloridas y flacas mejillas. Su primer impulso fué ocultar el rostro; pero, con desesperado esfuerzo se enderezó y habló con vehemencia defendiéndose contra una imaginaria acusación.

—Tu padre quedó mal herido en la batalla, Dorcas; y me prohibió embarazarme con el peso de su compañía, permitiéndome solamente acompañarlo hasta la orilla del lago para que pudiera saciar su sed y morir en paz. Pero yo no quería abandonar al anciano en tal situación; y, aunque herido yo mismo, le sostuve prestándole la mitad de mis fuerzas, y le llevé conmigo. Durante tres días vagamos juntos, y tu padre resistió mucho más de lo que yo esperaba; pero al despertar del cuarto día, le encontré desfallecido y exhausto; no podía proseguir; la vida se le escapaba; y • • •

—¡Murió!— exclamó Dorcas débilmente.

Rubén sintió cuan imposible era confesar que su egoísta amor a la vida le había obligado a partir antes que la suerte del padre de la joven se hubiera decidido. No habló; solamente inclinó la cabeza, y se desplomó, desfallecido y avergonzado, ocultando el rostro entre las almohadas. Dorcas sollozó al ver confirmados sus temores; pero como