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Cuentos Clásicos del Norte

jamás a abandonar a su compañero en momentos semejantes; pero sus deseos acogieron la idea de que era posible salvar la vida de Malvin, y su entusiasta naturaleza llegó casi a posesionarse de la remota posibilidad de encontrar ayuda humana en aquella soledad.

—Seguramente que hay razones, y razones poderosas para esperar que nuestros amigos no se encuentran muy distantes, —dijo a media voz.— Un cobarde huyó en salvo al comienzo de la pelea y es probable que haya ido bien de prisa. Todos los fieles de la frontera han empuñado sin duda el fusil a tales nuevas; y, a pesar de que ninguna partida se aventuraría tan adentro de los bosques, puedo encontrarla quiza después de un día de marcha. Aconsejadme escrupulosamente, —añadió, volviéndose a Malvin, desconfiado de su propio criterio. —Si estuvierais en mi lugar, ¿me abandonaríais mientras tuviera vida?

—Hace veinte años, —replicó Róger Malvin, suspirando, sin embargo, al reconocer íntimamente la disimilitud de ambos casos, —hace veinte años que escapé con un amigo muy querido del cautiverio de los indios cerca de Montreal. Vagamos durante muchos días entre los bosques, hasta que al fin, desfallecidos por el hambre y el cansancio, mi amigo se desplomó y trató de persuadirme que le abandonase, porque sabía que al permanecer pereceríamos ambos; y con muy poca esperanza de encontrar socorro, amontoné una almohada de hojas secas bajo su cabeza y me apresuré a partir.