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Cuentos Clásicos del Norte

encuentre despejado, se adornan en la cima con una caperuza de vapores grises que se iluminan e irradian como una corona de gloria a los postreros rayos del sol poniente.

Al pie de estas montañas encantadas[1] puede descubrir el viajero el ligero humo rizado que se eleva de una aldea, cuyos tejados de ripia resplandecen entre los árboles cuando los tintes azules de la altura se funden en el fresco verdor del cercano panorama. Es una pequeña aldea muy antigua, fundada por algunos colonos holandeses en los primeros días de la provincia, allá por los comienzos del gobierno del buen Péter Stúyvesant[2] (¡que en paz descanse!), y donde se sostenían contra los estragos del tiempo algunas casas de los primitivos pobladores, construídas de pequeños ladrillos amarillos importados de Holanda, con ventanas de celosía y frontones triangulares rematados en gallos de campanario.

En aquella misma aldea y en una de las aludidas casas que, a decir verdad, estaba lastimosamente maltratada por los años y por la intemperie, vivía hace mucho tíempo, cuando el país era todavía provincia de la Gran Bretaña, un hombre bueno y sencillo llamado Rip Van Winkle. Era descendiente de los Van Winkle que figuraron tan heroicamente en los caballerescos días de Péter Stúyvesant y le acompañaron durante el sitio del fuerte

  1. Hábil toque para preparar el espíritu del lector a recibir el cuento
  2. Stúyvesant fué gobernador de los Nuevos Países Bajos desde 1647 hasta 1664. Desempeño papel muy importante en la Kinckerboker's History of New York, como sucedió en la vida real. Hasta muy recientemente se mostraba en el Bówery un peral que se decía haber sido plantado por él.