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Cuentos Clásicos del Norte

entorpecidas, incapaces de sentir mejor inspiración, deben aguijonearse por medio del terror. En caso de que fracasara lo que ella intentaba, tenía el inhumano propósito de desparpajar al miserable simulacro en sus primitivos elementos.

—Tienes el aspecto de un hombre, —dijo la bruja severamente. —¿Tienes también, por acaso, algún eco o remedo de voz? ¡Te ordeno hablar!—

El espantajo abrió la boca, hizo algunos esfuerzos y emitió al fin un murmullo tan entremezclado con el humoso aliento, que apenas podría decirse si era voz en realidad o solamente una bocanada del humo del tabaco. Algunos narradores opinan que los conjuros de Mamá Rigby y la fuerza de su voluntad habían evocado un espíritu familiar dentro de la figura y que ésta era la voz que respondía.

—¡Madre, —murmuró la pobre voz ahogada, —no seáis tan cruel conmigo! Yo bien desearía hablar; pero ¿qué puedo decir, careciendo de sesos?

—¿Que no puedes hablar, querido mío? ¿que no puedes hablar, tú?— exclamó Mamá Rigby, suavizando con una sonrisa la dureza de su continente.

—Y ¿qué podrías decir, preguntas? ¡Vaya, en verdad! Perteneces a la confraternidad de los cráneos vacíos, y ¿preguntas lo que habrías de decir? ¡Dirás mil cosas, y repitiéndolas mil y mil veces más, no habrás dicho nada todavía! ¡No tengas miedo, te digo! Cuando entres en el mundo donde me propongo lanzarte, no te faltará lo necesario para poder hablar ¡Habla! ¡Vamos!