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Cuentos Clásicos del Norte

—¡Niña!— exclamó riendo acerbamente y volviéndose hacia Álice, —¿has hecho uso de tu talento en la pintura, de tu intrigante espíritu italiano, de tus golpes de efecto escénicos, pretendiendo ejercer alguna influencia con artificios tan triviales sobre el consejo del gobernador y tratándose del interés de las naciones? ¡Mira!

—¡Deteneos un instante más, —dijo el consejero, mientras Hútchinson cogía de nuevo la pluma; —pues sí algún mortal recibió jamás una advertencia de parte de un alma atormentada, vuestro honor es ese hombre!

—¡Basta! —repuso Hútchinson ferozmente. —Aun cuando aquella misma figura insensible me gritara, "¡detente!," no me conmovería.—

Y arrojando una torva mirada de desafío al retrato, que parecía expresar en aquel momento con mayor intensidad que nunca todo el horror de su miseria, rasgueó sobre el papel, con caracteres que demostraban hallarse empujado por la desesperación, el nombre de Thomas Hútchinson. En seguida se estremeció, dicen, como si esta firma hubiera sido su condenación eterna.

—¡Está hecho! —dijo; y colocó una mano delante de sus ojos.

—¡Quiera Dios perdonar este acto! —dijo Álice Vane, con voz suave y triste, como la de un espíritu bueno al huir muy lejos.

Al día siguiente circulaba entre la servidumbre de la casa un rumor persistente que se extendió por toda la ciudad, asegurando que el negro y misterioso retrato se había desprendido del muro y