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Cuentos Clásicos del Norte

ingleses imaginaban haber visto antes esta capa militar y hasta reconocían el desgastado bordado del cuello, así como la dorada vaina de una espada que asomaba entre los pliegues de la capa, reflejando vividos destellos luminosos. Además de estos pequeños detalles, había ciertos rasgos del porte y de las maneras, que incitaron a los maravillados contertulios a separar sus miradas de la embozada figura para buscar a Sir Wílliam Howe, con el propósito de verificar si no había desaparecido de improviso de en medio de ellos. Vieron entonces al general tirar de su espada, con el rostro lleno de ira sombría, y avanzar hacia la figura encapada, antes de que ésta hubiera podido avanzar un solo paso.

—¡Descubríos, villano!— gritó. —¡No pasaréis más allá!—

La figura, sin retroceder un pelo ante la espada que amenazaba su pecho, hizo una pausa solemne y bajó en seguida la capa de su rostro, pero no lo bastante para que los espectadores alcanzaran a discernirlo. Mas indudablemente Sir Wílliam Howe había visto lo suficiente. La dureza de su continente se trocó en un aire de horror, mientras retrocedía varios pasos ante la aparición, dejando caer al suelo su espada. La figura de aspecto marcial cubrió de nuevo sus facciones con la capa y prosiguió su camino; pero al llegar al umbral, y de espaldas a los espectadores, se notó que golpeaba el suelo con el pie y sacudía sus crispadas manos en el aire. Asegurábase después que Sir Wílliam Howe había repetido el mismo desesperado ademán de