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Cuentos Clásicos del Norte

o al espíritu, apoderábase de ellos gradualmente. Se miraron unos a otros e imaginaron que cada minuto que se escapaba arrebatábales un encanto, y dejaba en su semblante surcos más profundos donde nada se notaba en el momento precedente. ¿Era acaso una ilusión? ¿El cambio de una vida entera limitábase a tan breve espacio, y eran ya sólo cuatro ancianos sentados con su viejo amigo, el doctor Héidegger?

—¿Nos volvemos viejos tan pronto, otra vez?— exclamaron dolorosamente.

Así era en realidad. El agua de la juventud poseía solamente virtudes más pasajeras que las del vino. El delirio que creaba había desaparecido. ¡Sí! Eran viejos otra vez. Con impulso repentino, que demostraba que era aun mujer, la viuda oprimió sus flacas manos contra su semblante, deseando que la tapa del ataúd cayera sobre ella, ya que no podía volver a ser hermosa.

—Sí, amigos míos; sois viejos otra vez,— dijo el doctor Héidegger:— y ¡ay! el agua de la juventud se ha derramado toda por el suelo. Bien; no lo lamentaré; pues aun cuando la fuente brotara en los mismos umbrales de mi puerta, mis labios no la habrían de tocar; no, aunque el delirio que produjera durase años en vez de algunos instantes. —¡Ésta es la lección que me habéis enseñado!—

Pero los cuatro amigos del doctor no aprovecharon para sí la lección. Resolvieron organizar una peregrinación a la Florida y beber mañana, tarde y noche de la Fuente de la Juventud.