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Cuentos Clásicos del Norte

—¡Mi querida viuda, estáis encantadora!— exclamó el coronel Kílligrew que habia conservado la mirada fija sobre el rostro de la señora, mientras las sombras de la edad se desvanecían como la obscuridad ante la aurora de un nuevo día.

La hermosa viuda sabia desde largo tiempo atrás que los elogios del coronel Kílligrew no siempre se basaban en la estricta verdad; así, saltando de su asiento se abalanzó al espejo, temiendo aún que sus miradas tropezaran con el feo rostro de una mujer de edad. Entretanto los tres caballeros se comportaban de manera tal que daba lugar a creer que el agua de la fuente de la juventud poseía ciertas cualidades espirituosas; a menos que la exaltación de sus ideas fuera simplemente el alegre desvanecimiento producido por la súbita desaparición del peso de los años. La imaginación del señor Gascoigne parecía encaminarse a tópicos políticos; mas no era fácil determinar si sus elucubraciones se referían al pasado, al presente o al futuro, pues que las mismas ideas e idénticas frases habían estado en boga durante los últimos cincuenta años. Ya enunciaba a plena voz proposiciones sobre el patriotismo, la gloria nacional y los derechos del pueblo; ya musitaba algunos planes atrevidos en receloso y taimado murmullo, tan cautelosamente que ni siquiera su propia conciencia llegara a apoderarse del secreto; o expresábase de nuevo con acento mesurado y docta entonación de orador, como si oídos reales escucharan los bien redondeados períodos de su arenga. El coronel Kílligrew entonaba al mismo tiempo una alegre