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El Escarabajo de Oro

pareció considerar su tarea virtualmente llevada a cabo. El peligro de la empresa estaba vencido, en efecto, aun cuando se hallaba ahora a sesenta o setenta pies de altura sobre el nivel del suelo.

— ¿Por ónde voy aora, amo Will? —preguntó.
— Sigue la rama más grande hacia este lado, —dijo Legrand. El negro obedeció prontamente y al parecer con pequeña esfuerzo, ascendiendo más y más alto hasta que perdimos de vista su agachada figura entre el espeso follaje que la envolvía. A poco oímos su voz en una especie de alerta.
— ¿Asta ónde subo aora?
— ¿A qué altura has llegado?
— Bien arriba, —replicó el negro; —ya púo ver el sielo po entre la punta del árbol.
— Nada importa el cielo, pero atiende a lo que voy a decirte. Mira hacia abajo del árbol y cuenta las ramas de este lado debajo de ti. ¿Cuántas ramas has pasado?
— Una, do, tré, cuato, sinco... he pasao sinco ramas de este lao, patrón.
— Entonces sube una más. —

Algunos minutos después oímos nuevamente su voz anunciando que había llegado a la séptima.

— Ahora, Jup, —exclamó Legrand visiblemente agitado,— necesito que avances sobre esa rama lo más lejos que puedas. Si encuentras algo extraño, avísamelo inmediatamente.—

En aquel momento desaparecieron las pocas dudas que podía aun abrigar acerca de la demencia de mi amigo. No tenía otra alternativa sino pensar que había sido atacado de locura, y llegué a