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Cuentos Clásicos del Norte

— He enviado a buscaros, —dijo en tono grandilocuente cuando terminé el examen del insecto, —he enviado a buscaros porque necesito vuestros consejos y vuestra asistencia para llevar a cabo los designios de la suerte y del escarabajo...
— Mi querido Legrand, — exclamé interrumpiéndole, — seguramente no os sentís bien, y es preferible que toméis algunas ligeras precauciones. Acostaos, y yo permaneceré aquí algunos días hasta que os encontréis mejor. Estáis febril y...
— Tomadme el pulso, — dijo mi amigo.
Hícelo así, y a decir verdad no encontré la más ligera alteración.
— Pero podéis estar enfermo aun sin tener fiebre. Permitidme recetaros por esta vez. En primer lugar, poneos en cama; en segundos...
— Estáis equivocado, —interrumpió. —Me encuentro tan bien como puedo estarlo bajo la excitación que me aqueja. Si tenéis realmente algún interés por mí, aliviaréis esta excitación.
— ¿De qué manera puedo hacerlo? — Muy fácilmente. Júpiter y yo vamos a emprender una expedición a las colinas de la isla, y necesitamos en dicha empresa la cooperación de alguien en quien podamos confiar absolutamente. Vos sois el único en quien yo depositaría mi confianza. Ya tengamos éxito o fracasemos, desaparecerá la agitación que ahora advertís en mi.
— Deseo muchísimo complaceros en cualquier sentido, —repliqué;— pero ¿significa esto que el infernal escarabajo tiene alguna conexión con vuestra expedición a las colinas?